NÚRIA PERAIRE- LA VIDA EN ‘KIWI’

IMG_3636Vacas de Nueva Zelanda en Whananaki, abril de 2013. 

Pocas veces la actualidad informativa de Nueva Zelanda se sobresalta. Ésta ha sido una de esas veces. Por fin he disfrutado leyendo el periódico en el otro lado del mundo mientras desayunaba en un café. A falta de Bárcenas, buenas son las vacas. Me explico.

Fonterra, la compañía más grande del país y la empresa exportadora de productos lácteos más grande del mundo, vendió unas 30 toneladas de suero de leche contaminadas con una bacteria que puede causar botulismo (una enfermedad que produce paralización muscular y puede provocar la muerte por parada respiratoria).

La alarma saltó en China donde algunas empresas compraron el derivado lácteo afectado para elaborar leche para lactantes. Con esta información se producía un coctel molotov: teníamos una contaminación alimentaria, que puede afectar a bebés y que implica a una gran empresa de un sector clave en Nueva Zelanda. Rápidamente el CEO de Fonterra, Theo Spierings, que se encontraba en Europa, se trasladó al país asiático y un equipo del Ministerio de Industrias del Sector Primario de Nueva Zelanda empezó a trabajar con el personal de Fonterra para gestionar la crisis. Desde que saltó la noticia la estrategia se basó en la colaboración y la transparencia, el CEO de Fonterra afirmaba “no me iré de China hasta que la situación esté resuelta”.

En cinco días, la empresa láctea ha recuperado todas las partidas de producto contaminado, no hay casos de afectados y se ha encontrado el origen del problema: en una de las tuberías por las que circula el producto se había acumulado polvo de leche. Theo ha vuelto a casa. Lo que todavía no se sabe es el por qué.  Se está haciendo una investigación interna para averiguarlo pero, sobretodo, para recuperar la reputación. La de la empresa y la del país.

La economía de Nueva Zelanda depende de las exportaciones. Del total de productos exportados, los lácteos son el 26%. Lo que significa más exportaciones que la suma de lo que se vende fuera en carne, madera, combustibles minerales y frutas. Además, China es uno de los principales mercados para las empresas kiwis.

Si el sector lácteo entra en crisis puede tener una gran afectación, también a nivel interno. En Nueva Zelanda, ese país en el que se ven vacas y ovejas por todos lados (hay 4,5 millones de habitantes, pero 6,5 millones de vacas y 31 millones de ovejas), la industria láctea supone el 2,8% del PIB y en ella trabajan treinta y cinco mil personas, hasta cuarenta y cinco mil si contamos a los autónomos. Sólo Fonterra da trabajo a once mil personas y si nos fijamos en las área rurales (lo son gran parte del país) 1 de cada 4 puestos de trabajo depende de ésta industria.

No es de extrañar que los granjeros se tomaran la crisis de Fonterra como si fuera propia y el gobierno sabe que si a los granjeros les fuese mal todo el país quedaría afectado. El Instituto de Investigación Económica de Nueva Zelanda ya lo decía en su informe sobre la contribución a la economía de la industria láctea, “si los ganaderos sonríen, todo el país sonríe”.

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