Miquel del Roig a Gràcia - Isma Monfort

ISMA MONFORT – CRÒNICA URBANA

De l’Ametlla de Mar, tocant música des de l’adolescència i capaç de fer ballar tota una plaça amb ganes de gresca amb tan sols una guitarra i la seva veu. L’estiu de 2009 anava amunt i avall de Gràcia quan em sorprenia en trobar, en un carrer ben atapeït, una festassa de les que han fet mundialment populars les seves Festes Majors. El que no m’esperava és que a l’escenari només hi hagués un petit home armat amb la seva guitarra espanyola enllaçant èxits populars de tot tipus, molts d’ells versionats. Per descomptat, ens hi vam quedar. En el repertori de Miquel del Roig hi ha absolutament de tot i cap de les cançons triades duren més de mig minut. La seva principal virtut és la capacitat d’enllaçar temes en una sola peça que pot arribar a durar gairebé mitja hora. Talment com un Dj, però amb música i veu en directe. Pot cantar ‘La Macarena’ o alguna dels Beatles, però també repassa els èxits del rock català, les cançons més tradicionals de la terra, el Virolai i, per descomptat, la seva cançó insígnia: ‘La Farola’.

Aquest any ha tornat a les Festes de Gràcia i el concert va començar tard, molt tard. Potser per esperar que acabés el partit del Barça, coses que passen. A l’inici la Plaça de la Vila no era del tot plena però es va omplir. Alguns escoltaven estranyats algunes de les seves primeres cançons versionant temes tradicionals, en els que hi cola lletres de crítica política i social de les que pocs se n’escapen. Però després del les intervencions populars amb versets fets a mida a ritme del ‘Garrotí i Garrotà‘, ja va valdre tot. L’home sembla incansable i un diria que no se li acaba mai el repertori. Només la limitació horària imposada per l’Ajuntament de Barcelona el va fer parar a un quart de tres de la matinada després d’una hora i mitja de festa continuada. És ben sabut que és capaç de fer concerts de més de dues hores i, durant els mesos d’estiu, en fa gairebé un al dia. Per la senzillesa, efectivitat, economia de mitjans… no hi ha cantautor més rendible. Em pregunto jo, no se’l podria subvencionar per anar aixecant la moral del país?

Miquel del Roig a Gràcia - Isma Monfort

A més a més, en Miquel del Roig va aconseguir una fita a la que pocs aspiren: omplir una plaça de Gràcia sense pràcticament cap ‘guiri’. I si n’hi havia algun estaria ben perdut. Un ambient d’agrair després d’haver vist enguany algunes escenes poc agradables amb turistes molt passats de voltes, probablement seduïts per les descripcions exagerades d’algunes guies de viatge que qualifiquen aquestes festes de boges i descontrolades. La millor manera doncs de posar fi a les Festes de Gràcia de 2013, que deixa amb ganes de continuar la setmana que ve amb les menys atapeïdes del barri de Sants.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Anton Newcombe en DIG! cuando ve a Dios y al Demonio

Quédate con la imagen, es Anton Newcombe – si no le conoces, no te preocupes – y acompáñame en este viaje un par de minutos.

Primero al interior de la piel de la cineasta norteamericana Ondi Timoner. Le acaban de premiar por su documental We live in public en el festival de Sundance. Es la segunda vez que lo hacen. Es la única documentalista que cuenta con dos películas premiadas en Sundance. Estamos en el año 2009 y nos sentimos felices: con el galardón de hoy parece que tenemos lo que llaman ‘una carrera cinematográfica consolidada’. No estamos en los Oscars. Pero ganar en Sundance, reconozcámoslo, es mucho más cool.

Rebobinemos a cinco años antes: 2004. Y entremos otra vez en las tripas de Ondi Timoner. Estan muy revueltas. Tiene treinta y dos años y es toda una desconocida que se dispone a recoger un premio del jurado al mejor documental en el festival de cine independiente de Sundance. Hay nervios. Thank you. Han sido muchos años de trabajo: ¡siete! y cerca de 2.000 horas de metraje. El film se titula DIG! y es una doble crónica: la del ascenso al Olimpo de un grupo musical de Portland, The Dandy Warhols, capitaneados por un adonis llamado Courtney Taylor; mientras otro combo vecino y amigo cae a los infiernos: The Brian Jonestown Massacre. ¿Lo que siente Timoner hoy es lo mismo que sentirá 5 años más tarde en este mismo auditorio? Para saberlo rebobinemos aun más…

En los años 90 Timoner era una joven que acababa de salir de la escuela de cine. Un día descubre la música de un desconocido grupo de Oregon con un curioso nombre mitad homenaje a la psicodelia stoniana, mitad broma macabra del hippysmo destroyer. Son los The Brian Jonestown Massacre; y su alma espiritual, el cantante y compositor Anton Newcombe, tiene algo de mesiánico que atrae a la cineasta hasta convertirla en “la groupie con cámara de video”. Timoner lo graba todo: desde los conciertos, los ensayos, hasta las reuniones del grupo para comer o para viajar, cuando duermen, cuando hacen el idiota; graba los discursos revolucionarios de un Newcombe dopado, sus cabreos, sus peleas y cuando el músico se entera que su padre esquizofrénico se acaba de suicidar. También graba el momento en el que Anton Newcombe descubre la música de The Dandy Warhols, otros desconocidos que él cree serán sus hermanos para la revolución musical y espiritual que prepara.

Ahora que conoces a Anton Newcombe, volvamos a la imagen que abre este post: es ese instante en el que Newcombe le habla a Timoner por primera vez en el documental DIG! sobre The Dandy Warhols. Sabemos que la Ondi primera – la del párrafo anterior – admira profundamente tras la cámara a Anton. Aquí no es la cineasta profesional que recoge premios por su trabajo. Y no es la persona que ha hecho de su afición un oficio: es el ser humano que vive para registrar lo que cree que ha de ser registrado y conservado. Y los ojos de Newcombe nos devuelven la que seguramente es la misma mirada que la cineasta tiene en ese momento: una mirada pura de quien se descubre trascendiendo. Dos sujetos conectados felizmente gracias la música de un tercero. Pero también estamos nosotros: los que podemos ver esa mirada alucinada gracias a la cineasta y podemos participar de el momento. En total, 4 sujetos que comparten una misma espiritualidad en diferentes grados.

Vicente Verdú escribía sobre el personismo hace unos años en su ensayo Yo y tú, objetos de lujo: explicaba como el ser humano ha devenido en occidente en una subespecie hedonista; un ser sujeto/objeto – descrito en su texto como sobjeto - que anhela una felicidad relacionada con los múltiples nexos que se establecen con los demás, por muy superficiales y efímeros que sean estos contactos.

Nuestro nexo está registrado en el minuto 5:10 de la película para la supuesta posterioridad. Y como sobjetos hemos transitado desde entonces por caminos muy diferentes: Ondi dejó de filmar por devoción a hacerlo por profesión – muy probablemente ella lo negaría. Anton Newcombe siguió pregonando la revolución musical al margen de las discográficas y peleándose con todo el mundo; perdió pronto la fe en el cantante de The Dandy Warhols: porque los de Courtney Taylor firmaron por una multinacional discográfica, vendieron más discos de los que nunca habían imaginado, y su música acabó sirviendo de ‘relleno’ para los spots de telefonía móvil. Yo ahora escribo en Kolhosp. Y tú… bueno, tú ahora acabas de leer la última palabra de este post.

Salir del concierto

30/05/2012

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

el concierto de Jon Spencer del PS2011 visto ‘a la manera’ de Fàbregas

El fotógrafo Francesc Fàbregas es una especie de cronista gráfico oficial de cualquier sarao musical que se tercie en Barcelona. Lo es desde los años 70: trabajando para revistas especializadas e incluso firmando la imagen de algunas portadas de discos.

Fàbregas fotografió las primeras actuaciones de los Stones en España; a Bob Marley; el ambiente que se vivía en los festivales Canet Rock; también a un Dylan más simpático y a un Sting con melena, entre muchos. Acceder a las bambalinas del escenario le permite captar instantáneas excepcionales; sin embargo, hay algo que a Fàbregas le fascina mucho más: fotografiar la enormidad de los conciertos de estadio, a la masa del respetable en pleno éxtasis marianomusical, una especie prácticamente extinguida que resucita tan solo con visitas como las de The Boss o de Bono y los suyos.

Actualmente, para no depender de los caprichos de las estrellas de estadio y tener que esperar a que se decidan a incluir o no Catalunya en su enésima gira, Fàbregas obtiene su ración anual de público al que inmortalizar gracias a los festivales musicales de verano. Hoy precisamente empieza uno: el Primavera Sound.

Chorrazo de luz= efecto ‘Encuentros en la tercera fase’. PS2011

Entiendo que Fàbregas encuentre más interesante inmortalizar al público de un concierto equis que a la estrella de turno que se pavonea sobre el escenario: en el mundo del arte moderno se llevan décadas discutiendo sobre la importancia del espacio de representación; sobre qué es o qué debería ser una exposición; pero también sobre qué es ser un espectador, qué ha de ser serlo, e incluso si existe o no. En el ámbito de la música pop: un concierto es mucho más que un concierto dependiendo de la reacción – y la acción – de la masa de asistentes.

Vivir una experiencia público en el escenario vital de el concierto puede ser muy gratificante e incluso placentero. Es más: por exceso puede llegar a ser orgiástico si se trata de el festival. Quizás ayude que te guste la música, pero no siempre es imprescindible.

Esto lo saben conscientemente o no las miles de personas que vivirán los próximos 4 días de Primavera Sound. Muchas llevan días haciendo cábalas sobre horarios y grupos. Preparando sus cuerpos y vestuario para tamaño acontecimiento. Cuidando hasta el más mínimo detalle que pueda ayudar a que sean tocadas por la experiencia público, queden iluminadas y pasen a formar parte de ella.

!El contexto, es el contexto! Wilco en el Palau de la Música

Sin embargo, que el resultado de la fórmula del perfecto concierto sea esta experiencia vital depende de factores subatómicos incontrolables por la mecánica clásica – lo que en el ámbito musical seria: me gusta tal grupo, han sacado su mejor disco en años y voy a verlo con tal persona. No funciona así. Son tantas y tan variadas las cosas que han de pasar – y cómo han de suceder – para salir de el concierto con la sonrisa tatuada, que intentar discutirlas aquí solo descubriría la utilidad a la tecla Scroll Lock del teclado. Simplifiquémoslo como: ha de darse el contexto adecuado para que vivamos la experiencia público.
Y tan felices.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Los 4 evangelistas predicando en directo la voz de Morente

De la emoción se puede hacer arte. Como del dolor. La obra resultante entonces suele ser una catarsis para su creador. En este caso, el arte adopta la forma de un Lp, Homenaje a Morente, y es la catarsis elegíaca de Los Evangelistas – un cóctel con sabor a rock psicodélico, 100% de Granada, con 3/4 de Los Planetas y 2/4 de Lagartija Nick – dedicada al fallecido cantaor Enrique Morente.

Al principio fue solo un concierto en Córdoba en el que se juntaron los dos grupos indie para honrar la memoria del maestro con quien habían grabado discos imprescindibles como Omega y les había descubierto el país del flamenco: una basta y fértil extensión de tierra donde acampar la creación.

De la experiencia en directo se pasó a la grabación del disco: 12 cantes flamencos de Morente tamizados, filtrados, electrificados, recitados y cantados por Antonio Arias y Jota Rodríguez (con la colaboración de la cantaora Carmen Linares en ‘Delante de mi madre’ y la hija de Enrique, Soleá Morente, en ‘Yo poeta decadente’ y ‘La estrella’).

El cuadro de Aurora Carbonell, viuda de Morente, para el disco de ‘Los Evangelistas’

Escuchar este homenaje – o tener la posibilidad de asistir a su ejecución en directo – es vivir una emoción emocionante. Más allá del flamenco que, como supo ver Morente en su día, es como un aceite de oliva puro y virgen, que lo puede aderezar todo, con el que se puede cocinar de todo, y aun así mantiene siempre su sabor.

Compositivamente, en ‘Homenaje a Morente’ caben sin molestarse la poesía de un franquista Manuel Machado con la de un republicano exiliado Luis Rius en una misma canción: ‘Yo poeta decadente’; o los versos sacros de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz en ‘Gloria’ y ‘Encima de las corrientes’, respectivamente. Pero también canciones populares e incluso el poema andalusí ‘En un sueño viniste’ que ya había popularizado Morente en su disco ‘Cruz y Luna’.

Ahora ‘Los Evangelistas’ están de giro, predicando las palabras de estos poetas como lo había hecho antes el maestro cuando pisaba este mundo. La pasada semana estuvieron en Barcelona, en un concierto en el Palau de la Música dentro del festival flamenco Cajón! Dedicaron cada acorde al cantaor rockero. Emoción. Catarsis.
Y al cielo. Ascensión de los cuatro granadinos.
Y Morente en el aire. Por todas partes.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Florence… qué  arte, olé tú!

Nueva York, 25 de Octubre de 1944. Hacía dos semanas que se habían agotado las entradas para su primer y único recital público en el Carnegie Hall. La artista esperaba en el camerino, en medio de una selva de flores, obsequio de sus miles de incondicionales. Llevaba toda la vida preparando su voz para el bel canto. No sin sufrimiento, pues tuvo que esperar a la muerte de su madre, cuando ella ya tenía 60 años, para dedicarse plenamente a esta pasión. La expectación era máxima y todo estaba a punto: La artista, con sus 76 años embutidos en un vestido con alas de diseño propio; el público, expectante por poder al fin disfrutar de un repertorio operístico que iba de la Flauta Mágica de Mozart a ‘Clavelitos’; y la crítica musical que, pluma en mano, podría explayarse para el día siguiente llenar las páginas de los diarios de la ciudad. Estaba todo listo ¡Menos su voz!

No era ninguna afonía lo que impediría cantar medianamente aceptable esa noche a la rica heredera Florence Foster Jenkins: Era su falta de talento. Su intención era buena pero el resultado era una mierda. Sin embargo, público y crítica ya lo sabían. Con humor los primeros y con saña los otros asistirían esa noche a un recital lamentable. Incluso lo sabía el pianista que acompañaba desde hacía años a Florence y se mofaba de ella a sus espaldas.

Saltamos en el tiempo hasta 2005. En el momento en el que el músico estadounidense Sufjan Stevens publica su segundo disco inspirado en uno de los estados que forman los EE.UU. en este caso Illinois: había canciones dedicadas a sus ciudades, a su capital Chicago, a la exposición universal de 1893, y a su asesino en serie más famoso: John Wayne Gacy, Jr.

Wayne Gacy fue condenado a 21 cadenas perpetuas y 12 sentencias de muerte por los 33 asesinatos que se le pudieron atribuir. Estuvo 14 años en prisión antes de que una inyección letal acabara con su vida en 1994. Un tiempo que aprovechó para cultivar su vena artística: ejecutó cerca de 2.200 óleos, prácticamente siempre con su alter ego, el payaso Pogo, como motivo.

De payaso a pintor, pasando por spychokiller

La pintura del psycokiller Wayne Gacy acabó siendo algo más que un pasatiempo. Su obra se revalorizó tras su muerte. Se subastaron muchos de sus lienzos y, según dicen, acabaron algunos en manos de cineastas como John Waters o de Johnny Depp: gente para los que Wayne Gacy despierta cierta admiración artística – como inspiración para componer despertó en el caso de Sufjan Stevens.

una obra más del Wayne Gacy artista

Florence y Wayne Gacy son solo dos ejemplos muy diferentes de una legión de creadores considerados outsiders. De hecho, el término arte outsider fue acuñado en los años setenta del siglo pasado por Roger Cardinal para referirse al arte marginal surgido de artistas que trabajan fuera de la sociedad: personas con intenciones sinceras que no son conscientes del abismo que los separan del resto de mortales. Sin embargo, para hallar sus orígenes tenemos que remontarnos hasta finales del siglo XIX, con el estudio de las creaciones de enfermos mentales.

Hoy en día se reconocen desde outsiders cineastas como Ed Wood, escritores como Henry Darger o influyentes músicos pop como Daniel Johnston. Todos en la marginalidad de lo políticamente correcto y establecido; pero ¿artistas de verdad?

Volvamos al Nueva York de 1944. Un mes más tarde del triunfal concierto en el Carnegie Hall, Florence Foster moría feliz. Sobre las risas del público siempre pensó que eran admiradores infiltrados de sus más directas competidoras en la primera linea del duro ambiente del bel canto. Y sobre las agresivas críticas, respondió una vez que la gente podía decir que ella no sabía cantar, pero que “nadie podrá decir nunca que no canté”.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Leonard Cohen, en plan Leonard Cohen 

Con los ojos cerrados, en el centro de un escenario falsamente iluminado con velas, y acompañándose de una guitarra acústica, se versionaba a sí mismo. Pennyroyal Tea sonaba más cruda y triste que como la había grabado anteriormente con su grupo Nirvana en el que sería su último disco de estudio antes de volarse la cabeza con una escopeta. En la actuación de esa noche para la MTV, Kurt Cobain arrastraba las palabras por la boca y las apretaba entre sus dientes antes de dejarlas escapar y pedir un mundo Leonard Cohen en el que poder suspirar eternamente.

Los de Seattle no son los únicos que han incluido directamente a Cohen en sus letras: Jonathan Donaue, líder de Mercury Rev, canta en A drop in time que se siente atrapado en la mente de Leonard Cohen; y Rufus Wainwright, por ejemplo, pide no ser ni John Lennon ni Leonard Cohen en Want - y no será porque el canadiense no le deba nada a su compatriota Cohen porque se ha cansado de versionarle en directo: desde Hallelujah hasta Chelsea Hotel nº2.

Seguramente, la veneración de otros músicos por este judío cristiano, medio cienciólogo y budista practicante, se deba al haber sido capaz de darle una forma física y antropomórfica a un estado de ánimo irrepetible. Quien se ha dejado atrapar alguna vez por una de sus composiciones, puede decir haberse sentido Leonard Cohen sin ruborizarse. Ya en su día, alguien escribió que él era ‘el depresivo no químico más perfecto del mundo’.

Lo que si ha sido Leonard Cohen es un adulto a destiempo. Un Señor Mayor que ha vivido perpetuamente la existencia de un adolescente Justin Bieber. Dormía tranquilo en la isla griega de Hydra – retirado del mundanal ruido durante su juventud – y publicaba libros de poemas, escribía versos sobre Hitler, y también de religión y de sexo; hasta que un día descubre la guitarra española y se ve prácticamente obligado por el productor John Hammond a ponerle melodía a sus palabras y a rondar por los festivales folk de los Estados Unidos. Con tan solo tres eses - las de Suzanne, Sisters of mercy y So long, Marianne – ya es un ídolo musical. Muy bien, pero Cohen pasa ya de los treinta y tantos años: demasiado adulto para ser el nuevo Dylan. De un retiro hippie antes de tiempo a la vida de una estrella del rock cuando suena retirada.

Incluso ahora, Cohen edita nuevo disco y se enrola en una enésima gira mundial cuando parecía que había abandonado los escenarios. Porque, al contrario que las estrellas que dicen sufrir por no haber tenido una infancia; el canadiense se podrá quejar eternamente de no poder disfrutar de su retiro balneárico una vez cumplidos los setenta. La razón más prosáica por la que se ha tenido que quitar el traje de budista y calzarse el hábito de estrella es la de volverse a ganar la vida cantando o editando y reeditando su obra anterior al verse arruinado por una representante que huyó hace pocos años con su dinero.

La versión más poética de la vuelta de Leonard Cohen es que seguimos necesitando saber lo que pasó entre él y Janis Joplin en el Chelsea Hotel; saber qué se siente cuando se es infiel; cómo enfrentarse a quien te ha traicionado; descubrir el amor más carnal y el más místico; y aún así mantener la compostura, ser aparentemente estóico y seguir comportándose como una honorable persona – sufridora, feliz e irónica. En definitva, ser un poco Leonard Cohen.