JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Cine Azul Kolhosp…en pantalla grande, en follorama!

Verano y 30 grados de nada. En Barcelona. Y sin salir de casa. Tengo a Andrew Bird cantando en riguroso .mp3. Así que, con las neuronas un poco fritas, un poco atontadas y muy poco engrasadas, me dispongo a dejar listo – casi puntual – este nuevo post en Kolhosp que hoy la cosa va de listas veraniegas. Tres recomendaciones básicas para este mes de Agosto:

La primera es leer un libro ENTERO (algo que, lamentablemente, hace tiempo que yo no hago). Mis candidatos: ¿Qué estás mirando? Un ensayo sobre arte moderno de Will Gompertz, que es director de arte de la BBC y estuvo dirigiendo la Tate Gallery durante un tiempo; y Cine Azul, de Terry Southern.

El primero es un ensayo divulgativo que recorre los  últimos 150 años de arte. Lo he empezado y es ameno, entretenido y de fácil lectura: perfecto para terrazas, playas y piscinas. El segundo es una novela que tengo desde hace años susurrando “agárrame” desde la librería de casa. A su autor – escritor vividor, periodista, beatnik, guionista de cine e incluso portada del Sgt. Pepper de los Beatles – le debe quedar un telediario para ser rescatado por alguna editorial de modernos que lo coloque en la estanteria hipster. Mi Cine Azul, es una edición mexicana del libro Blue Movie de Southern que Valdemar acaba de reeditar en España pero con el título de Una peli porno. Dos títulos en español para esta novela satírica sobre el arte y la pornografía que dedicó Terry a su amigo Stanley Kubrick – con el que unos años antes habian transformado un libro trágico y sesudo sobre la guerra fría en el cachondo y ácido ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú.

La segunda cosa de esta lista de obligaciones culturales veraniegas es rescatar una película. En mi caso Dead Man: el western de Jim Jarmusch en el que Jonnhy Deep vagaba por el oeste acompañado por un indio y con una bala en su corazón. Volver a la película cada agosto se ha convertido en una hermosa tradición para mi y cada verano cae si o si una noche de auténtico home cinema. Os invito a hacerlo. No es obligatorio que sea Dead Man la película que se vea año tras año. Cada persona o tiene la suya o puede tener la suya. ¿Cuál eligiríais?

¿Y ir al cine? Bueno. Hay aire acondicionado. Yo tengo pendiente ver Antes del anochecer en pantalla grande – porque antes hubieron un verano Antes del amanecer y un verano Antes del atardecer. El tema se remonta a 1995. Por lo que, por muy mierda que pueda ser el tercer invento de Linklater, Delpy y Hawke, esto es una tradición tan respetable como el pantumaca.

Tercera: levantarse cada día con un tema – diferente – de Bob Dylan. ¿Por qué? Porque lleva desde los años 60 del siglo pasado componiendo y desde 1988 de gira. Y no es nada repetitivo: es muy diferente levantarse con un Idiot Wind, un I Want You, un Mr Tambourine Man o un Girl From The North Country. Haced la prueba durante 30 días. Se puede empezar por lo último.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

La ‘chismosa’ ilustración de Marta Zafra para ‘Algú parla de mi’

Dice el filósofo esloveno Slavoj Žižek que los sujetos son literalmente agujeros, y que, lejos de ser la cúspide de la Creación, su mera existencia prueba que Dios era un idiota que arruinó su propio trabajo al dejarlo inacabado. En otras palabras, cuando nos planteamos describir al ser humano llenamos el vacío de lo que no conocemos – su vida psíquica interior – y lo completamos con su espejo – el rostro – para describir lo que entendemos como su personalidad. Pero desengañémonos: el resultado nunca será el sujeto.

Como ejemplo, hoy quiero hablar del sujeto protagonista de la primera novela de David Ventura, Algú parla de mi, una deslumbrante y divertida perla literaria sobre el tedio vital de nuestra época, con personajes tan lamentables, entrañables y odiables como somos los seres humanos.

El treintañero protagonista de este libro vive lejos de la Barcelona del Sónar y el Primavera Sound – y de los Manel y del Barça: él se mueve en barrios con tan poco glamour como el de El Clot y, cuando se pasea por joyas de la Ciudad/Marca como el barrio del Raval, se refugia en los garitos más anodinos para emborracharse con gintonics de GinGiró en vaso de tubo.

Consciente que es imposible describir la personalidad del sujeto principal sin traicionar la realidad, David Ventura se refugia en el narrador en primera persona para enumerar las aventuras cotidianas que le suceden al protagonista: un trabajo de mierda, tardes sin hacer nada, zapping, pajas, cafés y visitas familiares.

Porque, según entendemos por el relato, el tipo folla y no se enamora; se droga y no experimenta ningún paraíso artificial; y – siempre indiferente – sobrevuela los problemas de todo aquel que le rodea: compañeros de trabajo, amigos y familia incluida. Todo tan comúnmente costumbrista que, si comparásemos con la vida interior del protagonista de El extranjero de Albert Camus, ésta nos parecería un torbellino de pasiones.

Y sin embargo no es así: el aparente costumbrismo no está al servicio de la descripción de una realidad tediosa. La repetición de algunos momentos y pensamientos del protagonista de este relato se nos descubrirá totalmente necesaria en los momentos finales de la novela – resuelta maravillosamente y con emoción contenida – para que podamos llenar la oquedad del sujeto. Nada de lo que en realidad es importante nos es explicado porque, de así hacerlo, el texto perdería toda su veracidad: sabio recurso del novelista que, como el Dios de la Creación visto por Žižek, construye pero no completa.

Solamente durante las escasas descripciones oníricas se nos aparece lo que podríamos decir es la parte oculta del protagonista. Pequeñas pinceladas que el escritor aprovecha sabiamente para recordarnos que no debemos todavía juzgar y completar al sujeto – despreciablemente divertido por sus actos – y que debemos esperar al punto final para acabar nosotros la obra del Todopoderoso.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Bien mirado… todo encaja como un guante de seda forjado en hierro

no lees esto. Al menos no tu absoluto. En verdad, quien crees ser no es más que singularidad espacio temporal – una más de las infinitas posibilidades de materialización en uno de los infinitos universos paralelos en los que se puede representar eso que tú dices ser . Asúmelo, ¿vale? ¿Asumido? Bien. Entonces, abre la mente y que tu posibilidad de el Tú que lee Kolhosp continúe leyendo…

Estás en 1986, en la 4ª Avenida, en pleno Manhattan, ves al periodista y por aquel entonces presentador de las noticias de la CBS Dan Rather – un poco más joven, pero con sus buenos cincuenta y muchos – que camina decidido a su apartamento. Entonces alguien se cruza en su camino y le grita furioso “¿cuál es la frecuencia, Kenneth?”. Dan no sabe qué contestar cuando el desconocido ya le está zarandeando y golpeando fuera de sí, sin parar, al grito de ¿¡cuál es la frecuencia, Kenneth!?

A Dan se le queda cara de tonto. Dan cuenta la historia en televisión.

Un día un tipo llamado Clay entra en una sala X a ver una película underground titulada ‘Como un guante de seda forjado en hierro’ y cree reconocer en la protagonista a un antiguo amor. La búsqueda de la misteriosa mujer le lleva a conocer a un tipo con un chapucero trasplante de pelo que tiene un horrible y peludo perro sin orificios. Un chiflado que quiere saber cuál es la frecuencia Kenneth. Todo pasa en el universo de papel y tinta de un tebeo.

Otro día, tu Tú de 1994 escucha un disco de R.E.M. dedicado a Kurt Cobain. Su primer single es – oh, sorpresa – What’s the frequency, Kenneth? Dan se lo tomará con humor.

En ese momento deberías saber que en el año de 2265 la tierra está sometida a un régimen totalitario global. Y que el vicepresidente Kenneth Burrows es el hombre más poderoso del planeta: un tejano capaz de implantar transmisores en el cerebro de cualquier habitante de la Tierra con el que puede hablarle directamente y controlar sus movimientos.

Theron Montgomery tiene 33 años en 1994 cuando un tiro acaba con su vida justo en la puerta de los estudios NBC donde trabaja como técnico de televisión. El autor del disparo se llama William Tager, tiene 47 años, y ha viajado en el tiempo desde la segunda mitad del siglo XXIII, durante el mandato del vicepresidente planetario Burrows.

Volvamos a 1986. Un Tager desesperado corre por Avenue Park. Ha sido enviado al pasado por el mismísimo Kenneth Burrows. Se niega a volver a materializarse en 2265. Desea quedarse en los felices años 80 del siglo XX pero para ser libre necesita descubrir la frecuencia del transmisor que tiene implantado en la cabeza. A través de esas ondas le tienen localizado desde el futuro y le pueden obligar a volver. Ahora le emiten un tremendo pitido. Voces que le torturan y le provocan dolor. Agónico y furioso confunde a un Dan Rather que se cruza en su camino con Kenneth Burrows:

- Cuál es la frecuencia, Kenneth?

En 1962 el francés Chris Marker dirige La Jetèe y explica una historia muy parecida a la del viajero en el tiempo William Tager.

Y la historia se repite con Bruce Willis en 1995 haciendo de otro Tager en la película ’12 monos’ de Terry Gilliam.

Y todavía hay otro William Tager más; uno que nació en 1947, que cumplió 15 años de prisión por el asesinato de un técnico de televisión y que vive ahora en libertad condicional. Todos los Tager coexisten a la vez en sus propios universos: el mental y psiquiátrico; el literario propio de una novela de Philip K. Dick; el cinematográfico; el ideado por la cultura norteamericana 2.0; el musical e incluso el humorístico que ha convertido su pregunta en un macguffin pop. El Tager esquizofrénico es ajeno a todo este ‘pastiche postmoderno’ en el que los creadores no tienen una idea propia ni original, pero si una infinita capacidad para encontrar su propia y singular frecuencia Kenneth con la que comunicarse con uno u otro William Tager.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Leonard Cohen, en plan Leonard Cohen 

Con los ojos cerrados, en el centro de un escenario falsamente iluminado con velas, y acompañándose de una guitarra acústica, se versionaba a sí mismo. Pennyroyal Tea sonaba más cruda y triste que como la había grabado anteriormente con su grupo Nirvana en el que sería su último disco de estudio antes de volarse la cabeza con una escopeta. En la actuación de esa noche para la MTV, Kurt Cobain arrastraba las palabras por la boca y las apretaba entre sus dientes antes de dejarlas escapar y pedir un mundo Leonard Cohen en el que poder suspirar eternamente.

Los de Seattle no son los únicos que han incluido directamente a Cohen en sus letras: Jonathan Donaue, líder de Mercury Rev, canta en A drop in time que se siente atrapado en la mente de Leonard Cohen; y Rufus Wainwright, por ejemplo, pide no ser ni John Lennon ni Leonard Cohen en Want – y no será porque el canadiense no le deba nada a su compatriota Cohen porque se ha cansado de versionarle en directo: desde Hallelujah hasta Chelsea Hotel nº2.

Seguramente, la veneración de otros músicos por este judío cristiano, medio cienciólogo y budista practicante, se deba al haber sido capaz de darle una forma física y antropomórfica a un estado de ánimo irrepetible. Quien se ha dejado atrapar alguna vez por una de sus composiciones, puede decir haberse sentido Leonard Cohen sin ruborizarse. Ya en su día, alguien escribió que él era ‘el depresivo no químico más perfecto del mundo’.

Lo que si ha sido Leonard Cohen es un adulto a destiempo. Un Señor Mayor que ha vivido perpetuamente la existencia de un adolescente Justin Bieber. Dormía tranquilo en la isla griega de Hydra – retirado del mundanal ruido durante su juventud – y publicaba libros de poemas, escribía versos sobre Hitler, y también de religión y de sexo; hasta que un día descubre la guitarra española y se ve prácticamente obligado por el productor John Hammond a ponerle melodía a sus palabras y a rondar por los festivales folk de los Estados Unidos. Con tan solo tres eses – las de Suzanne, Sisters of mercy y So long, Marianne – ya es un ídolo musical. Muy bien, pero Cohen pasa ya de los treinta y tantos años: demasiado adulto para ser el nuevo Dylan. De un retiro hippie antes de tiempo a la vida de una estrella del rock cuando suena retirada.

Incluso ahora, Cohen edita nuevo disco y se enrola en una enésima gira mundial cuando parecía que había abandonado los escenarios. Porque, al contrario que las estrellas que dicen sufrir por no haber tenido una infancia; el canadiense se podrá quejar eternamente de no poder disfrutar de su retiro balneárico una vez cumplidos los setenta. La razón más prosáica por la que se ha tenido que quitar el traje de budista y calzarse el hábito de estrella es la de volverse a ganar la vida cantando o editando y reeditando su obra anterior al verse arruinado por una representante que huyó hace pocos años con su dinero.

La versión más poética de la vuelta de Leonard Cohen es que seguimos necesitando saber lo que pasó entre él y Janis Joplin en el Chelsea Hotel; saber qué se siente cuando se es infiel; cómo enfrentarse a quien te ha traicionado; descubrir el amor más carnal y el más místico; y aún así mantener la compostura, ser aparentemente estóico y seguir comportándose como una honorable persona – sufridora, feliz e irónica. En definitva, ser un poco Leonard Cohen.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Ryan Thomas Gosling, en la autopista hacia el éxito

Quizás dentro de un tiempo pocos se acuerden de la película en la que Ryan Thomas Gosling interpretaba al mecánico que ejercía de chófer para atracos en sus horas libres; sin embargo, finiquitado el 2011, Drive se ha convertido en la película sorpresa del año. Y, aunque tendría motivos, no lo es por la interpretación de este actor canadiense – nuevo astro en la galaxia Hollywood con dos candidaturas a los próximos Globo de Oro por la comedia Crazy, Stupid, Love y por la última película dirigida por George Clooney, The Ides of March.

La mezcla entre película de acción y drama romántico con aires de cine independiente ya había llamado la atención en todos y cada uno de los festivales en los que se presentó el pasado año: en Cannes se premió a su director Nicolas Winding Refn; y aquí en casa dejó un buen regusto entre el público y la crítica en un soso festival de Sitges 2011.

Si no se habla de coches… no se habla.

Desconozco cómo es el material literario en el que se basa el filme – el libro de James Sallis – pero la primera sensación al acabar de ver Drive es que se habrán tenido que eliminar muchas páginas para llegar a destilar una película que se hace corta y de la que querrías saber más sobre sus protagonistas. Principalmente de su personaje principal: el héroe sin nombre y sin pasado que juega a ser un Travis Bickle del siglo XXI.

El personaje interpretado por Gosling es la papilla resultante de una turmix en la que se han mezclado los rasgos de diferentes representaciones de lo que podríamos decir es el superhéroe americano – hombre solitario, con un talento que lo hace especial, duro en el exterior, conflictivo pero bondadoso. En el caso de Drive, el ingrediente principal para crear su héroe es  aquel predicador desconocido – ángel de la guarda de una indefensa familia en el lejano oeste – adaptado para un tiempo presente en el que se han sustituido las espuelas por bujías.

Pero para la elaboración de esta sabrosa sopa de superhéroe también se han necesitado otros alimentos fílmicos: la evidente base de Taxi Driver, el elegante aroma a Bullit, una pizca del sabor samurai-nouvelle vague de El silencio de un Hombre y, muy importante, el tuétano de un Terciopelo azul para dejarle un regusto final al conjunto del relato de cuento erótico para niños con toques de violencia explosiva.

Mulligan, una auténtica ‘next girl door’ del cine actual

Carey Mulligan, la vecina del protagonista, es el único personaje femenino en Drive – obviemos el papel testimonial de la Mad Men girl Christina Hendricks. Es también la chispa que pone en funcionamiento el motor de la película; al sacar de la felicidad anodina a un joven solitario que, hasta el momento del encuentro casual con su personaje en el ascensor, era un ser impasible e inmutable que lo mismo circula por las calles de Los Ángeles, como huye de la policía o da vueltas de campana dentro de su coche.

Sin embargo, esta humanización del protagonista – que le convertirá en el superhéroe protector – tendrá una serie de efectos secundarios fatales cuando las pulsiones del mismo personaje le llevan a confundir el orgasmo con la trepanación a base de martillazos o el amor con el revuelto de sesos. Pura poesía.

Pregunta ¿Cuántos cuadros de Hopper se ha tragado el director de fotografía de Drive?

Dejo el trailer para el final. Lleno de spoilers que destrozan literalmente Drive. Así que para disfrutar algo de la película antes de verla, lo mejor es escuchar su estupenda banda sonora: aires del viejo new age de los 80 para el nuevo milenio.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

‘ola, hombre caño! coño coña conae ect’ (Dalí a Pepín)

Era 2004 y un muy buen amigo mío y yo hicimos un viaje relámpago a Madrid desde Barcelona para conocer a José, Pepín, Bello Lasierra. Entonces cumplía 100 años y la Residencia de Estudiantes – en la que había estudiado en los años 20 del pasado siglo – le rendía homenaje. Asisitimos a la primera de las tres jornadas: hubo discursos y ensayos a veces exageradamente sesudos sobre la figura de Dalí – también estudiante de la Residencia – con motivo del centenario de su nacimiento, y pudimos descubrir una pequeña exposición de Ángeles Santos en la misma institución; pero volvimos a Barcelona sin poder ver a Pepín.

Los organizadores del evento comentaban que en cualquier momento podría venir el homenajeado, pero que todo dependía del estado de su salud. Mentira. Pepín era inmortal: creo recordar que un tiempo antes por la tele, Santiago Auserón explicaba que había estado bebiendo con Pepín Bello y que, una copa tras otra, había llegado la hora de cierre del bar. Pepín disfrutaba bebiendo entre amigos. Auserón sufría una terrible resaca durante la entrevista en el plató.

Sobre nuestro infructuoso viaje a Madrid: finalmente nuestro hombre apareció el último día por la Residencia, al cierre de las tres jornadas. Saludó. Sonrió.
Y fué apunte cultural en algún informativo de televisión, también en algún diario. Y desapareció de la esfera pública hasta volver a ser protagonista en los obituarios de prensa cuatro años después, con 104 años.
Pero… ¿Quién era Pepín?

La Orden de Toledo: Pepín Bello, José Moreno Villa, Luis Buñuel, José María Hinojosa, María Luisa González y Salvador Dalí

Pepín Bello es la Generación del 27 al completo. Amigo de todo el mundo. Inspirador y creador en la sombra de obras de teatro, poemas, películas y pinturas. Surrealista antes de tiempo, poeta del anaglifo y artista conceptual del carnuzo. Y sin embargo nunca publicó nada. Dando tumbos por la vida sin acabar nada de lo que empezó, estudió de todo y trabajó de casi todo lo que no diera mucho trabajo: desde peletero en Burgos hasta como empresario de un motocine en Madrid. Enrique Vila-Matas lo incluyó en el libro ‘Bartleby y compañía‘ como un ejemplo de los escritores que no escriben. Pero Pepín Bello no es ni un escritor ni un pintor; él mismo contaba que rompía lo que hacía, y que un día decidió no hacer nunca nada; que se alegraba mucho del éxito de sus amigos; que había celebrado los triunfos de ellos como suyos, pero que no había sentido esa necesidad de escribir o pintar.

Aunque Pepín dijo que él no era nadie; para Lorca, Dalí, Buñuel y mucha otra gente fue, al menos, un ser querido capaz de mantener la amistad más allá de la fama, la distancia, el tiempo… y las excentricidades de Dalí. Porque, al contrario que Buñuel, Pepín supo encontrar al Dalí-persona dentro del Dalí-personaje. En los 70, y en el Hotel Palace de Madrid, tuvieron un encuentro el pintor y él en el que recordaron los años como estudiantes en la Residencia y sus juergas como integrantes de la Orden de Toledo (junto a Buñuel y otros compañeros). En un momento de la cita, recordaba Pepín en el libro-entrevista Conversaciones con José Pepín Bello, Dalí entró en extasis psicodélico. “Empezó a decir unas cosas incomprensibles, exagerando muchísimo, montando el numerito”. Él se quedó pasmado hasta que dijo:
-“Oye Salvador, que soy yo, Pepín. Que conmigo no hace falta todo esto”.
Dalí se levantó, le abrazó y le besó sin decir una sola palabra.

La obra de Pepín Bello se encuentra en sus 104 años de vida, de experiencias y de amistades acumuladas. Y su grandeza como autor está en saber bien que el arte – el que se ha de tomar en serio – se encuentra en el pitorreo: de ese cachondeo festivo aprendieron muchos respetables autores españoles que siempre consideraron a José Bello como el amigo Pepín.