JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

jubilee street kolhospEn Jubilee Street, romanticismo puro… y a buen precio

Soy yo o el último disco de Nick Cave & The Bad Seeds es así de bueno? O soy yo? Será eso. Pero reconocedme al menos que escuchar Jubilee Street y no darse cuenta de que el crujir del violín de Warren Ellis hace que nuestros pies se eleven del suelo unos centímetros es delito. I’m flying; I’m flyyying! Look at me now. Vale, quizás me estoy dejando llevar por la emoción.

Les vi en directo hace unos días. Primavera Sound. Un frío del cagarse. Música en vivo: nada que ver con enchufarse al Spotify. Por cierto, Pink Floyd van a pasar por el aro: en cuanto haya un millón de escuchas de Wish You Were Here – la única canción que se encuentra actualmente de los ingleses en este servidor de música en streaming – incorporarán su catálogo al completo. Creo que sólo deben quedar los Beatles y algunos pocos más por spotifarse.

La bajada de pantalones – podemos opinar si la notícia es buena o mala, pero no discutir que se trata claramente de una rendición (económica) – se hace bajo el título de Wish They Were Here? un juego facilón de palabras que desvirtúa aún más a la persona Syd Barrett, reducido a motivo musical desde hace 40 años.

portada_wishyouwerehere_kolhospola k ase? te quemas o k ase?

La historia es posible que la conozcáis. En los setenta Roger Waters y David Gilmour supieron construir una triunfal segunda parte del grupo que fundaría el primero con su amigo Syd Barrett. Pink Floyd había nacido en los sesenta, era el combo abanderado de la psicodelia británica. Tamaña responsabilidad requería que Barrett, su cantante y principal compositor, mantuviera una estrica dieta a base de ingentes cantidades de LSD. Y mucha droga durante mucho tiempo hizo que este joven de Cambridge emprendiera un viaje que no abandonaría hasta su muerte en 2006. Primero se le buscó un sustituto que no alucinara durante los directos y pudiese tocar decentemente la guitarra: David Gilmour. Después se decidió que tampoco estaba lo suficientemente sano como para componer alguna armonía. Y Syd Barrett fue invitado a abandonar el barco.

Años después, con un par de manos de pintura en forma de LP conceptuales, la nave Pink Floyd está lista para llenar estadios. Waters y Gilmour, junto con Nick Mason y Richard Wright, el resto de componentes de Pink Floyd, graban el disco Wish You Were Here cuyos temas centrales giran entorno la figura de Syd Barrett – si: una persona reducida a un concepto musical.

La primera canción del disco, Shine On You Crazy Diamondes tan larga que se decide cortar en dos partes. Su letra se refiere abiertamente a Barrett – el diamante loco que brilla – Gilmour canta: ¿Recuerdas cuando eras joven? Brillabas como el sol… Otro tema, el que da título al álbum, también habla del amigo perdido: Como deseo, desearía que estuvieses aquí, dice la letra. En fin. Todo son lamentos de que el amigo Syd se quedase en tierra, pero es que estaba muy loco.

Un tipo gordo – muy gordo – con la cabeza y las cejas rapadas, y asido a una bolsa de plástico de supermercado, se presentó a saludar al grupo cuando se encontraba en el estudio finalizando la grabación del disco. Al principio costó reconocerle. Era Syd Barrett. Dijo que tenía una nevera muy grande y que comía muchas costillas de cerdo. Escuchó la mezcla que había hecha de Shine On You Crazy Diamond. No le gustó mucho. Él no era más que un hombre. De haber un brillo en su persona debía haberse quedado en alguna otra parte. Barrett, desposeído de su parte conceptual, no era más que carne amorfa.

Se fue. No había compuesto nada en cinco años y no lo haría nunca más. En breve el brillo que vieron en él Waters y compañía estará disponible en un sólo clic. Enchufándose al Spotify. Pero será un resplandor frío. De un frío del cagarse.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Del Cassete al SpotifyPara su rebobinado utilice un pendrive

Aun partiendo de la base de que nuestro consumo de cultura nada tiene que ver con nuestras inquietudes intelectuales y espirituales, sino más bien con nuestro rol social dentro del sistema capitalista en el que la cultura es que un bien material más; aun teniendo esta idea presente, digo, no me deja de sorprender un estudio sobre los hábitos musicales de los universitarios que se ha publicado esta misma semana con motivo de las IX Jornadas Sociológicas ‘Del Cassete al Spotify’ en la Universidad de La Rioja.

El caso es que se han entrevistado a 600 alumnos de este centro y los resultados se han extrapolado al conjunto de la población joven del Estado; ya que se parte de la hipótesis de que el acceso a la música recorre los mismos cauces para todos ellos. Así que lo contestado por estos jóvenes de 17 a 25 años debe ser lo que más o menos piensa el conjunto de su población. ¿Y qué han dicho? Al grano:

Resulta que cuando preguntas ¿Te gusta la música? Más del 84% de los encuestados responden o bien “Muchísimo, no entiendo mi vida sin la música” o “Claro que me gusta la música, le presto atención”. Ambas son las respuestas mayoritarias y nos dan a entender el alto grado de interés que esta generación presta a la cultura musical. ¿No?

Pues no. El caso es que otra de las conclusiones que se extraen del informe es que los jóvenes son algo parecido a consumidores compulsivos de música – por streaming (75,4%) o por descarga de internet, porque oyen música en el bar (48,4%) o en la radio (46,4%).

Es decir, que pese a que se asegure o se jure que la música es una de las cosas más importantes de su vida, el joven español no es más que un consumidor superficial y nada reflexivo de este bien cultural.

Y no porque solo el 1,3% de los encuestados compre discos habitualmente; si no porque la forma de acceder a la música es a través de la canción – descargada y con absoluto desconocimiento del intérprete o del álbum ¿Cifras y datos?

El 72% de los universitarios interrogados desconoce por completo a Wilco. El mismo porcentaje que Arcade Fire. Y cifras similares de ignorancia para Björk (el 61%) o Pearl Jam (el 57%) ¿Quiénes son los más populares?¿De quién reconocen escuchar o comprar música? Por orden: Estopa, Fito & Fitipaldis, El canto del loco, David Guetta y Michael Jackson – menudo Top Five; y eso que el estudio no se sale de lo que se conoce como Mainstream respecto a los gustos musicales.

Así que el perfil del joven consumidor de música es más de cliente asiduo al fast food sonoro que de gourmet sibarita. Y, aunque al principio he dicho que no entraría en valorar si los datos aportados en este estudio son o no reflejo del nivel cultural de los jóvenes españoles – por lo de no mezclar consumo y arte – poca confianza tengo en que sea algo mejor que mediocre cuando la Electro Dance Music triunfa en Turismo y en las Ingenierías de Electrónica, de Mecánica y Agrícola; mientras que, paradojas de la vida, casi la mitad de los encuestados no tiene ni la más pajolera idea de quiénes son Depeche Mode.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Anton Newcombe en DIG! cuando ve a Dios y al Demonio

Quédate con la imagen, es Anton Newcombe – si no le conoces, no te preocupes – y acompáñame en este viaje un par de minutos.

Primero al interior de la piel de la cineasta norteamericana Ondi Timoner. Le acaban de premiar por su documental We live in public en el festival de Sundance. Es la segunda vez que lo hacen. Es la única documentalista que cuenta con dos películas premiadas en Sundance. Estamos en el año 2009 y nos sentimos felices: con el galardón de hoy parece que tenemos lo que llaman ‘una carrera cinematográfica consolidada’. No estamos en los Oscars. Pero ganar en Sundance, reconozcámoslo, es mucho más cool.

Rebobinemos a cinco años antes: 2004. Y entremos otra vez en las tripas de Ondi Timoner. Estan muy revueltas. Tiene treinta y dos años y es toda una desconocida que se dispone a recoger un premio del jurado al mejor documental en el festival de cine independiente de Sundance. Hay nervios. Thank you. Han sido muchos años de trabajo: ¡siete! y cerca de 2.000 horas de metraje. El film se titula DIG! y es una doble crónica: la del ascenso al Olimpo de un grupo musical de Portland, The Dandy Warhols, capitaneados por un adonis llamado Courtney Taylor; mientras otro combo vecino y amigo cae a los infiernos: The Brian Jonestown Massacre. ¿Lo que siente Timoner hoy es lo mismo que sentirá 5 años más tarde en este mismo auditorio? Para saberlo rebobinemos aun más…

En los años 90 Timoner era una joven que acababa de salir de la escuela de cine. Un día descubre la música de un desconocido grupo de Oregon con un curioso nombre mitad homenaje a la psicodelia stoniana, mitad broma macabra del hippysmo destroyer. Son los The Brian Jonestown Massacre; y su alma espiritual, el cantante y compositor Anton Newcombe, tiene algo de mesiánico que atrae a la cineasta hasta convertirla en “la groupie con cámara de video”. Timoner lo graba todo: desde los conciertos, los ensayos, hasta las reuniones del grupo para comer o para viajar, cuando duermen, cuando hacen el idiota; graba los discursos revolucionarios de un Newcombe dopado, sus cabreos, sus peleas y cuando el músico se entera que su padre esquizofrénico se acaba de suicidar. También graba el momento en el que Anton Newcombe descubre la música de The Dandy Warhols, otros desconocidos que él cree serán sus hermanos para la revolución musical y espiritual que prepara.

Ahora que conoces a Anton Newcombe, volvamos a la imagen que abre este post: es ese instante en el que Newcombe le habla a Timoner por primera vez en el documental DIG! sobre The Dandy Warhols. Sabemos que la Ondi primera – la del párrafo anterior – admira profundamente tras la cámara a Anton. Aquí no es la cineasta profesional que recoge premios por su trabajo. Y no es la persona que ha hecho de su afición un oficio: es el ser humano que vive para registrar lo que cree que ha de ser registrado y conservado. Y los ojos de Newcombe nos devuelven la que seguramente es la misma mirada que la cineasta tiene en ese momento: una mirada pura de quien se descubre trascendiendo. Dos sujetos conectados felizmente gracias la música de un tercero. Pero también estamos nosotros: los que podemos ver esa mirada alucinada gracias a la cineasta y podemos participar de el momento. En total, 4 sujetos que comparten una misma espiritualidad en diferentes grados.

Vicente Verdú escribía sobre el personismo hace unos años en su ensayo Yo y tú, objetos de lujo: explicaba como el ser humano ha devenido en occidente en una subespecie hedonista; un ser sujeto/objeto – descrito en su texto como sobjeto - que anhela una felicidad relacionada con los múltiples nexos que se establecen con los demás, por muy superficiales y efímeros que sean estos contactos.

Nuestro nexo está registrado en el minuto 5:10 de la película para la supuesta posterioridad. Y como sobjetos hemos transitado desde entonces por caminos muy diferentes: Ondi dejó de filmar por devoción a hacerlo por profesión – muy probablemente ella lo negaría. Anton Newcombe siguió pregonando la revolución musical al margen de las discográficas y peleándose con todo el mundo; perdió pronto la fe en el cantante de The Dandy Warhols: porque los de Courtney Taylor firmaron por una multinacional discográfica, vendieron más discos de los que nunca habían imaginado, y su música acabó sirviendo de ‘relleno’ para los spots de telefonía móvil. Yo ahora escribo en Kolhosp. Y tú… bueno, tú ahora acabas de leer la última palabra de este post.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Bien mirado… todo encaja como un guante de seda forjado en hierro

no lees esto. Al menos no tu absoluto. En verdad, quien crees ser no es más que singularidad espacio temporal – una más de las infinitas posibilidades de materialización en uno de los infinitos universos paralelos en los que se puede representar eso que tú dices ser . Asúmelo, ¿vale? ¿Asumido? Bien. Entonces, abre la mente y que tu posibilidad de el Tú que lee Kolhosp continúe leyendo…

Estás en 1986, en la 4ª Avenida, en pleno Manhattan, ves al periodista y por aquel entonces presentador de las noticias de la CBS Dan Rather - un poco más joven, pero con sus buenos cincuenta y muchos – que camina decidido a su apartamento. Entonces alguien se cruza en su camino y le grita furioso “¿cuál es la frecuencia, Kenneth?”. Dan no sabe qué contestar cuando el desconocido ya le está zarandeando y golpeando fuera de sí, sin parar, al grito de ¿¡cuál es la frecuencia, Kenneth!?

A Dan se le queda cara de tonto. Dan cuenta la historia en televisión.

Un día un tipo llamado Clay entra en una sala X a ver una película underground titulada ‘Como un guante de seda forjado en hierro’ y cree reconocer en la protagonista a un antiguo amor. La búsqueda de la misteriosa mujer le lleva a conocer a un tipo con un chapucero trasplante de pelo que tiene un horrible y peludo perro sin orificios. Un chiflado que quiere saber cuál es la frecuencia Kenneth. Todo pasa en el universo de papel y tinta de un tebeo.

Otro día, tu Tú de 1994 escucha un disco de R.E.M. dedicado a Kurt Cobain. Su primer single es – oh, sorpresa – What’s the frequency, Kenneth? Dan se lo tomará con humor.

En ese momento deberías saber que en el año de 2265 la tierra está sometida a un régimen totalitario global. Y que el vicepresidente Kenneth Burrows es el hombre más poderoso del planeta: un tejano capaz de implantar transmisores en el cerebro de cualquier habitante de la Tierra con el que puede hablarle directamente y controlar sus movimientos.

Theron Montgomery tiene 33 años en 1994 cuando un tiro acaba con su vida justo en la puerta de los estudios NBC donde trabaja como técnico de televisión. El autor del disparo se llama William Tager, tiene 47 años, y ha viajado en el tiempo desde la segunda mitad del siglo XXIII, durante el mandato del vicepresidente planetario Burrows.

Volvamos a 1986. Un Tager desesperado corre por Avenue Park. Ha sido enviado al pasado por el mismísimo Kenneth Burrows. Se niega a volver a materializarse en 2265. Desea quedarse en los felices años 80 del siglo XX pero para ser libre necesita descubrir la frecuencia del transmisor que tiene implantado en la cabeza. A través de esas ondas le tienen localizado desde el futuro y le pueden obligar a volver. Ahora le emiten un tremendo pitido. Voces que le torturan y le provocan dolor. Agónico y furioso confunde a un Dan Rather que se cruza en su camino con Kenneth Burrows:

- Cuál es la frecuencia, Kenneth?

En 1962 el francés Chris Marker dirige La Jetèe y explica una historia muy parecida a la del viajero en el tiempo William Tager.

Y la historia se repite con Bruce Willis en 1995 haciendo de otro Tager en la película ’12 monos’ de Terry Gilliam.

Y todavía hay otro William Tager más; uno que nació en 1947, que cumplió 15 años de prisión por el asesinato de un técnico de televisión y que vive ahora en libertad condicional. Todos los Tager coexisten a la vez en sus propios universos: el mental y psiquiátrico; el literario propio de una novela de Philip K. Dick; el cinematográfico; el ideado por la cultura norteamericana 2.0; el musical e incluso el humorístico que ha convertido su pregunta en un macguffin pop. El Tager esquizofrénico es ajeno a todo este ‘pastiche postmoderno’ en el que los creadores no tienen una idea propia ni original, pero si una infinita capacidad para encontrar su propia y singular frecuencia Kenneth con la que comunicarse con uno u otro William Tager.

Salir del concierto

30/05/2012

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

el concierto de Jon Spencer del PS2011 visto ‘a la manera’ de Fàbregas

El fotógrafo Francesc Fàbregas es una especie de cronista gráfico oficial de cualquier sarao musical que se tercie en Barcelona. Lo es desde los años 70: trabajando para revistas especializadas e incluso firmando la imagen de algunas portadas de discos.

Fàbregas fotografió las primeras actuaciones de los Stones en España; a Bob Marley; el ambiente que se vivía en los festivales Canet Rock; también a un Dylan más simpático y a un Sting con melena, entre muchos. Acceder a las bambalinas del escenario le permite captar instantáneas excepcionales; sin embargo, hay algo que a Fàbregas le fascina mucho más: fotografiar la enormidad de los conciertos de estadio, a la masa del respetable en pleno éxtasis marianomusical, una especie prácticamente extinguida que resucita tan solo con visitas como las de The Boss o de Bono y los suyos.

Actualmente, para no depender de los caprichos de las estrellas de estadio y tener que esperar a que se decidan a incluir o no Catalunya en su enésima gira, Fàbregas obtiene su ración anual de público al que inmortalizar gracias a los festivales musicales de verano. Hoy precisamente empieza uno: el Primavera Sound.

Chorrazo de luz= efecto ‘Encuentros en la tercera fase’. PS2011

Entiendo que Fàbregas encuentre más interesante inmortalizar al público de un concierto equis que a la estrella de turno que se pavonea sobre el escenario: en el mundo del arte moderno se llevan décadas discutiendo sobre la importancia del espacio de representación; sobre qué es o qué debería ser una exposición; pero también sobre qué es ser un espectador, qué ha de ser serlo, e incluso si existe o no. En el ámbito de la música pop: un concierto es mucho más que un concierto dependiendo de la reacción – y la acción – de la masa de asistentes.

Vivir una experiencia público en el escenario vital de el concierto puede ser muy gratificante e incluso placentero. Es más: por exceso puede llegar a ser orgiástico si se trata de el festival. Quizás ayude que te guste la música, pero no siempre es imprescindible.

Esto lo saben conscientemente o no las miles de personas que vivirán los próximos 4 días de Primavera Sound. Muchas llevan días haciendo cábalas sobre horarios y grupos. Preparando sus cuerpos y vestuario para tamaño acontecimiento. Cuidando hasta el más mínimo detalle que pueda ayudar a que sean tocadas por la experiencia público, queden iluminadas y pasen a formar parte de ella.

!El contexto, es el contexto! Wilco en el Palau de la Música

Sin embargo, que el resultado de la fórmula del perfecto concierto sea esta experiencia vital depende de factores subatómicos incontrolables por la mecánica clásica – lo que en el ámbito musical seria: me gusta tal grupo, han sacado su mejor disco en años y voy a verlo con tal persona. No funciona así. Son tantas y tan variadas las cosas que han de pasar – y cómo han de suceder – para salir de el concierto con la sonrisa tatuada, que intentar discutirlas aquí solo descubriría la utilidad a la tecla Scroll Lock del teclado. Simplifiquémoslo como: ha de darse el contexto adecuado para que vivamos la experiencia público.
Y tan felices.

JOSE A SANTOS – ARTE Y CULTURA

Los 4 evangelistas predicando en directo la voz de Morente

De la emoción se puede hacer arte. Como del dolor. La obra resultante entonces suele ser una catarsis para su creador. En este caso, el arte adopta la forma de un Lp, Homenaje a Morente, y es la catarsis elegíaca de Los Evangelistas – un cóctel con sabor a rock psicodélico, 100% de Granada, con 3/4 de Los Planetas y 2/4 de Lagartija Nick – dedicada al fallecido cantaor Enrique Morente.

Al principio fue solo un concierto en Córdoba en el que se juntaron los dos grupos indie para honrar la memoria del maestro con quien habían grabado discos imprescindibles como Omega y les había descubierto el país del flamenco: una basta y fértil extensión de tierra donde acampar la creación.

De la experiencia en directo se pasó a la grabación del disco: 12 cantes flamencos de Morente tamizados, filtrados, electrificados, recitados y cantados por Antonio Arias y Jota Rodríguez (con la colaboración de la cantaora Carmen Linares en ‘Delante de mi madre’ y la hija de Enrique, Soleá Morente, en ‘Yo poeta decadente’ y ‘La estrella’).

El cuadro de Aurora Carbonell, viuda de Morente, para el disco de ‘Los Evangelistas’

Escuchar este homenaje – o tener la posibilidad de asistir a su ejecución en directo – es vivir una emoción emocionante. Más allá del flamenco que, como supo ver Morente en su día, es como un aceite de oliva puro y virgen, que lo puede aderezar todo, con el que se puede cocinar de todo, y aun así mantiene siempre su sabor.

Compositivamente, en ‘Homenaje a Morente’ caben sin molestarse la poesía de un franquista Manuel Machado con la de un republicano exiliado Luis Rius en una misma canción: ‘Yo poeta decadente’; o los versos sacros de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz en ‘Gloria’ y ‘Encima de las corrientes’, respectivamente. Pero también canciones populares e incluso el poema andalusí ‘En un sueño viniste’ que ya había popularizado Morente en su disco ‘Cruz y Luna’.

Ahora ‘Los Evangelistas’ están de giro, predicando las palabras de estos poetas como lo había hecho antes el maestro cuando pisaba este mundo. La pasada semana estuvieron en Barcelona, en un concierto en el Palau de la Música dentro del festival flamenco Cajón! Dedicaron cada acorde al cantaor rockero. Emoción. Catarsis.
Y al cielo. Ascensión de los cuatro granadinos.
Y Morente en el aire. Por todas partes.